lunes, 24 de diciembre de 2012

“Los finaldantes” 

 PERSONAJES DEL DRAMA
Coro de los Finaldantes
Orto
Copia
Suerte
Docente
La Nota
Aprobado

               La escena se desarrolla frente al Aula de Anatomía. Adentro evidentemente se rinde final. En la orquesta varios alumnos sentados.
 (El Coro formado por alumnos y alumnas de Veterinaria recorre la escena) 

 Coro

 ¡Ay Dioses Indecisos! ¡Ay plantas no fumadas!
Arrastrados a estas playas de infortunio llegamos
sin saber. Sin decir. Sin pensar. De que tema hablaremos
Expondremos y defenderemos nuestra nota
Y el enemigo brutal demandará a Destino,
conocedor de los caminos del Hades y el Olimpo,
que embarque nuestras almas.

 Orto 
 (Separándose del Coro con actitud crítica) 

 No me mires suplicante, que no podré ayudarte siempre
No hilaré yo los hilos de tu rueca, ni uniré tus palmas
con blancas hebras de lanas no lavadas.
No seré yo quien escriba en tu libreta
las notas que de tu intelecto no han nacido
ni los sietes que tu saber no ha merecido

 Copia 
(Surgiendo de entre las ropas de Orto, cargando varios papelitos que se le desparraman sobre escena) 

Y no almacenaré yo los saberes
que tu cabeza alcohólica ha olvidado
No busques entre estos, mis bosquejos,
las hojas de los libros que has dejado de leer,
las palabras al vuelo en el teórico lanzadas
los sabios comentarios por el ayudante vertidos

Suerte 
(Se materializa entre Orto y Copia, tomando a ambos de las manos) 

Y si no puedes fiarte de mis hijos dilectos
sino pueden Orto y Copia socorrerte
es entonces terrible tu destino, es oscuro el Hades
que te aguarda
Vete ya y no remes, que es terrible la corriente
que te arrastra y te domina...
Vete ya que por la “A” están llamando y con “A”
 tus padres te han llamado.

(Salen las tres de escena, la luz disminuye suavemente y el batir de los timbales se acalla un poco) 

Coro 

O nombre terrible del padre mi padre,
con “A” comienza y con “A” me arrastra
a esta oscura vorágine de preguntas y respuestas.
O letra terrible que marcas mi destino,
que de Agamenón y macho poco me has dejado.
Sí, con “A” me llamo y en la aurora de los nombres
uno de los primeros seré en oponer
este pecho al golpe salvaje de las preguntas.
Cuantas horas he dejado de ver el día
transcurrido entre cuatro oscuras paredes.
Sexo y placeres olvidados, cervezas
 no tomadas ni enfriadas, empolvadas y dejadas
en los estantes intocados del oriental supermercado.
Yo, que durante el tiempo que duró mi encierro
estas ropas no he cambiado y no han mis labios
pronunciado las palabras que mandan callar Destino y Suerte,
 habré de tomar la afrenta vil a mi conocimiento
escaso y justo para merecer el cuatro.
Dicen que allá afuera, tras los muros de piedra
que dictan mi conciencia filial y mi culpa
una vida existe, repleta de placeres, que hay
cine y películas proyectan, que narran la vida
del hombre y sus máquinas de guerra. Que muestran
a Rambo y Terminator victoriosos, hijos dilectos
de Ares y de Apolo, destructores de malos y de espías.
Que hay lugares donde la música sacude
del Hades mismo los cimientos y las hembras
se entregan al guerrero, al estudiante, al cansado
caminante del mundo de los hombres. Templos,
sí, donde Eros Gobernante se desplaza y muestra
victorioso, sobre un mar de cálices repletos de libaciones
donde se mezclan los hijos de Baco: Ferné y Vodka
con las hijas burbujeantes de Speed y Coca.
Ay! de mi que será, que pasará conmigo
cuando desafíe al final que debe darse,
cuando evalúen mis conocimientos sin remedo
y perciban que hay cosas de las cuales no sé un bledo
Allá voy a la vorágine de preguntas sin respuesta
a las bolillas rodadoras y traidoras, cantadoras
de números olvidados en la últimas hojas del programa.
Allá voy sabiendo que no he hecho lo suficiente
que el cuatro me será negado en infortunio,
voy a encontrarme con el ave de las lágrimas
que surca funesta el cielo y el agua indiferente
emplumada horca de presagios torturantes, que al igual
que en la migraciones de tu raza voladora y vil
me arrastras a mi a retornar a esta mesa fulminante
bajo el calor de febrero desecante o peor aún,
si el hado lo dispone, en el gélido julio resfriante.
 Ya siento los murmullos terribles del destino
ya veo los colores oscuros del final, ya acaba
ya se da, ya se termina. He aquí mi mesa y mi lugar.
La capilla, reposo inútil del jinete, que ya se sabe
en carrera y no descansa, por más que cierre
Morfeo sus ojos insomnes que lo aquejan.
Ya giran las esferas, y he aquí mis números cantados,
 he aquí el destino que en virtud del azar se me dispone.
Siete, Veintiuno…. callen ya. Ya no lo digan
Vamos ya que se acabe el tiempo funesto de la espera
se disponen la mesa y la capilla
Vamos que es tiempo de mostrar lo que sabemos y 
dejar en claro lo poco y nada que de esto conocemos.

 Corifeo 
(Separándose del Coro y enfrentando solo a Docente que sale del Aula) 

Estoy listo a responder

 Docente 
                                    mis intrigas y preguntas

Corifeo 
 Es el siete el número elegido

 Docente 
                                             tú los has dicho y escogido está

 Corifeo 
 Contra mi el siete ha de volverse

 Docente 
                                                 como siete contra Tebas se volvieron

 Corifeo 
 Escuchar solo puedo y tratar

 Docente 
                                             de adivinar sin saber de lo que hablas

 Corifeo 
 De responder con certeza y sabiendo

Docente 
                                                        lo que yo quiero que respondas

 Corifeo 
 Lo que manda saber, de las ciencias

 Docente 
                                                          mi capricho, el programa, el plan de estudio

 Corifeo 

Si es Tebas, mi destino vamos pues, porque seguro
como Tebas habré de alzarme victorioso, frente a los siete
que contra las puertas de mi saber desencadenes.
Y el cuatro esquivo será mío al terminar esta jornada
donde vendrán conmigo Justicia y Victoria a celebrarlo

 Docente 

Vamos pues y comencemos el examen, que no sea
 que como Troya, la Ilion insuperable,
entres aquí dispuesto a recibir de mi parte algún regalo
 y ese regalo te arrastre al fuego, a la muerte y al saqueo
Y habiendo venido a hacerte rey entre los hombres,
 termines encadenado mortalmente al monte del Aplazo
roídas tus entrañas hasta marzo por el pato.

 (Disminuyen las luces, solo queda el Coro en escena) 

 Coro 

 (Todos los miembros quedan quietos en un extremo de la escena, cada tanto uno de ellos se acerca a la orquesta como si mirara dentro del aula y vuelve, corriendo, a unirse al grupo.) 
(este segmento en heptámetros, posiblemente para permitir el ritmo feroz que analizar un examen requiere)

Ya está rindiendo, ya le preguntan
Está pensando, aún no contesta.
Pide papel, hace un esquema
Se contradice, y se desdice
Tacha el dibujo, ya lo rehace
¿Ríe el docente? ¿El ayudante?
¿Era la siete? ¿O la catorce?
Era la siete, era la siete
Cifra funesta, número aciago
¿Has visto algo? ¿Sigue sentado?
El está hablando cual si supiese
de lo que piensa y de lo que dice
Está contestando y con la jeta
Le afirma todo, el cruel Docente
¡Está contestando, está contestando!
Le ceban mate, ya lo rechaza
Si se lo toma ahí se nos caga.
El ayudante está sonriendo
Otra pregunta espera que hagan
Ya se la hacen, ¿Por qué señalan
el esqueleto que está en el frente?
¿Es sobre huesos, planimetría,
de cavidades o necedades?
¿Qué le preguntan? ¿Qué le preguntan?

 (ahora mas seriamente, retornan a la forma yámbica) 

 Quien es esa forma que se aproxima, que entra en la Cátedra
sin que guardias y Cerberos la rechacen,
 Que sin presentarse irrumpe en el sito, donde los
Dioses solicitan a Zeus permiso, para estar de pie
y para sentarse. Quien cruza el Estigia sin Caronte
quien navega Océano sin vela y sin remeros.
Forma funesta y aciaga, revelanos tu nombre!
 Muéstrate ante nosotros y dinos, que orden superior
te trae a estas playas de disputa y conflicto
 donde en una fragua más caliente que aquella
que hace bramar Hefesto en la cima del Etna,
se forjan los destinos y desatinos de nuestras carreras
Quien eres tú a quien no detienen ni limitan
secretarios o bedeles y puertas clausuradas.
Manifiesta tu semblante, descubre el velo que oculta
tu nombre, ¡Hazlo ya! Por Zeus y Hades te lo mando

La Nota 

 Palabras fuertes y nombres poderosos
pones en tus labios estudiosos, sin saber que ante Mí
esos nombres, los continentes, los titanes, el mismo
Apolo Médico de Dioses y Atenea en su Ciencia se arrodillan
Nos ves incauto mi carro en negro y fuego ornado,
conducido al Final por mi hermanos Cagazo y Nervios
y no ves a Insuficiente y Aprobado, mis hijos dilectos que me siguen.

 Coro 
(Retrocediendo con terror al proscenio) 

 Si Aprobado e Insuficiente son tus hijos.
Y Cagazo y Nervios, aurigas de tu carro
solo hay un nombre sombra abismal que puedo darte
y se deshaga en sangre mi garganta al pronunciarlo
 de entre todas las Furias del Abismo solo una puedes ser
Tu eres

 La Nota 

                    yo soy la que soy, yo soy la Nota. Aparta ya
que vengo a cumplir urgente encargo, a terminar ya con la jornada,
puede Febo ocultarse en el Océano y ponerle fin al día
mas soy yo la que debe dar el Final por terminado,
 sin mí no hay final solo principio. Aparta ya que vengo a cumplir
 lo que debía ser cumplido, aparta ya y espera.

 Coro 

 Todo ha terminado, todo esta listo, esperemos pues, que la Nota
 sea puesta, que se abran las puertas del aula y salga nuestro amigo
que termine ya esta espera, que de Parto y de Agonía esta teñida.

Corifeo 
(Saliendo completamente desnudo del aula, llevándolo de las manos Orto y Suerte lo guían sonrientes, Victoria y Justicia, también desnudas se cuelgan de su cuello. Tras él, Aprobado, llevando el peto de Ares y el Escudo de Apolo, sujeta sobre la cabeza de nuestro finaldante un cuatro de oro que resplandece como el sol) 

 En bolas vine y en bolas he aprobado,
un cuatro Glorioso de sol y luna hoy me llevo,
Que el fuego eterno de Hefesto así lo grabe en mi libreta
Que Bic y el Sello imborrables lo cuenten para siempre
Señoras y Señores he Aprobado

Coro 

 Ha aprobado, ha aprobado, ha aprobado


Fin de los Finaldantes, tragedia en un acto, pero que para algunos puede desarrollarse en varios

sábado, 3 de julio de 2010

Un regalo desde lo profundo de mi pecera

Axolotl
[Cuento. Texto completo]
Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.










Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.








Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

martes, 24 de noviembre de 2009

Mucho de mi vida se perdió
en caballos lentos y mujeres rápidas
en nenas malas de familias bien
y en buenas nenas de malas familias
Buenos amigos que jugaron malas cartas
y buenas cartas repartidas por honorable enemigos


Cada tanto, pienso
cuantos caballos lentos, mujeres rápidas
buenas y malas nenas, entraron y salieron
cuantos amigos y enemigos coseché
pero al final siempre pasa lo mismo
la casa gana y solo podemos pasar por ventanilla
para aprender que nuestras fichas no valen mucho


Pero un buen jugador vuelve siempre a la mesa
a la cancha, a la pista, al ring...
Un buen jugador vuelve a jugar de nuevo
y sabe que le tocará perder (al final la casa gana)
pero lo importante no es ganar sino jugar
es fundamental que el perdedor siga jugando
sino como harían para ganar los ganadores


Veo tres y subo a seis, un par simple, 4 para el tanto
peon cuatro dama, tarjeta roja, nocaut técnico
gol en contra, forro roto, deme su hoja, anótese un día.
soja de segunda, voto castigo.
Hoy por ti, mañana por él y pasado por ellos
no se puede ganar siempre, pero se puede perder
no siempre pero casi, casi casi casi...


Casi. Sic. Indu. Depo

lunes, 1 de diciembre de 2008

MARTÍN CARTÓN

III

Tuve un pago en un tiempo
y hijos, ranchito y mujer,
pero empecé a padecer,
me llevaron al terraplén,
¡y qué iba a hallar al volver!
Tan sólo hallé otra vendeta.

Sosegao vivía en mi rancho
como el pájaro en su nido,
allí mis hijos queridos
iban creciendo a mi lao…
sólo queda al desgraciao
lamentar el bien perdido.

Mi gala en el conurbano
era, en habiendo más gente,
ponerme medio caliente,
pues cuando puteado me encuentro
me salen cumbias de adentro
como agua de la virtiente.

Regueteando estaba una vez
en una gran fiestón,
y aprovecho la ocasión
como quiso el puntero barrial…
se presentó, y ahi nomás
hizo rastrillaje en montón.

Juyeron los más culiados
y lograron escapar:
yo no quise disparar,
soy macho y no había porqué,
muy tranquilo me quedé
y ansí me dejé pillar

allí un rati con un bastón
y una mona que bailaba,
haciéndonos rair estaba,
cuanto le tocó fajaba,
¡tan grande el rati y tan feo,
lo viera cómo nos cagaba!

Hasta un turista explorador
que decía de la última guerra
que él era de la oenegé
y que no quería servir,
también tuvo que juir
a guarecerse en la villa.

Ni los mirones salvaron
de esa arriada de mi flor,
fui empujado al cartón
por el rati y su mona,
a ninguno, lástima, dejó
libre el polizón.

Formaron un contingente
con los que del baile arriaron,
con otros nos mezclaron,
que habían agarrao también,
las cosas que aquí se ven
ni peronistas las pensaron.

A mí el puntero tomó entre ojos
en la última votación:
me le había hecho el remolón
y no me arrimé ese día,
y él dijo que yo servía
a los de la comunicación.

Y ansí sufrí ese castigo
tal vez por culpas ajenas,
que sean malas o sean güenas
las listas, siempre me escondo:
yo soy gaucho cartonero
y esas cosas no me enllenan.

Al mandarnos nos hicieron
más promesas que a un altar,
el puntero nos jue a proclamar
y nos dijo muchas veces:
muchachos, a los seis meses
los van a ir a relevar.

Yo llevé un moro de número
¡sobresaliente el pijudo!
Con él patee la paternal
y más plata que agua bendita:
siempre el gaucho necesita
un pingo pa fiarle un chucho.

Y cargué sin dar mas güeltas
con las chatas que tenía:
chapa, colchón, todo cuanto había
en casa, tuito lo alcé:
a mi china la dejé
medio pelada ese día.

No me falta una guasca,
esa ocasión eché el resto,
olla, cuchillo, televisor,
gorra, calzón y fasito…
¡el que hoy tan pobre me vea
tal vez no creerá todo esto!.

Ansí en el tren, escarciando,
enderecé al tren y la frontera.
¡Paticero si usté viera
lo que se llama cartón!…
Ni envidia tengo al ratón
en aquella ratonera.

De los pobres que allí había
a ninguno lo largaron,
los más viejos rezongaron,
pero a uno que se quejó
en seguida lo estaquiaron,
y la cosa se acabó.

En la lista de la tarde
el jefe nos cantó el punto
diciendo: quinientos juntos
llevará el que se resierte;
lo haremos pitar del juerte,
mas bien dese por dijunto.

A naides le dieron carrito,
pues toditos los que había
el puntero los tenía,
sigún dijo esa ocasión,
pa repartirlas el día
en que hubiera la invasión.

Al principio nos dejaron
de haraganes revolviendo sebo,
pero después… no me atrevo
a decir lo que pasaba…
¡barajo!… Si nos trataban
como se trata a los esclavos.

Porque todo era jugarle
por los lomos con la espada,
y aunque usté no hiciera nada,
lo mesmito que en palermo,
le daban cada cepiada
que lo dejaban enfermo.

¡Y qué indios, ni qué servicio;
si allí no había ni casillas!
Nos mandaba el puntero
a ensuciar en las llecas,
y dejábamos las basuras
que las llevara el recolector.

Yo primero recogí cartón
y después reciclé botellas,
quemé cables pa el cobre,
hice casillita, robé electricidá...
¡la pucha que se trabaja
sin que le larguen una guita!

Y es lo pior de aquel enriedo
que si uno anda hinchando el lomo
se le apean como un plomo...
¡quién aguanta aquel infierno!
si eso es servir al gobierno,
a mí no me gusta el cómo.

Más de un año nos tuvieron
en esos trabajos duros;
y los pobres pobres, le asiguro
venían cuando querían:
como no los perseguían,
siempre andaban sin apuro.

A veces decía al volver
de la ciudad la descubierta
que estuviéramos alerta,
que andaba adentro la yuta,
porque había una rastrillada
o estaba una yegua muerta.

Recién entonces salía
la orden de cartonear más y más,
y caíbamos a Belgrano
en pelos y hasta enancaos,
sin zapas, cuatro pelaos
que íbamos a hacer jabón.

Ahi empezaba el afano
-se entiende, de puro vicio-
de enseñarle el ejercicio
a tanto gaucho recluta,
con un estrutor... ¡qué... burra!
que nunca sabía su oficio.

Daban entonces los carros
pa recolectar más cartones,
que eran cajas con gomones
con ataduras de tiento...
los de largo viaje no los cuento
porque había municiones.

Y un sargento chamuscao
me contó que las tenían
pero que ellos la vendían
para cazar pendejos;
y así andaban noche y día
dele bala a los borregos.

Y cuando se iban verdaderos pobres
con lo que habían manotiao,
salíamos muy apuraos
a perseguirlos de atrás;
si no se llevaban más
es porque no habían hallao.

Allí sí, se ven desgracias
y lágrimas y afliciones;
naides le pida perdones
al pobre: pues donde dentra,
roba y mata cuanto encuentra
y quema a ricachones.

No salvan de su juror
ni los pequeños angelitos;
viejos, mozos y chiquitos
los matan del mesmo modo:
que el chorro lo arregla todo
con la bala y con gritos.

Tiemblan las carnes al verlo
volando al viento la cerda,
la rienda en la mano izquierda
y la lanza en la derecha;
ande enderieza abre brecha
pues no hay lanzazo que pierda.

Hace casillas tremendas
desde abandonado destierro;
ansí llega medio muerto
de hambre, de sé y de fatiga;
pero el negro es una hormiga
que día y noche está despierto.

Sabe revisar la mierda
como naides le asemeja;
cuanto el vecino arroja,
revuela basura perdida,
y si no alcanza, sin vida
es siguro que se queda.

Y el pobre es como cuca
de duro para pisar;
si lo llega a destripar
ni siquiera se le encoge;
luego sus tripas recoge,
y se agacha a disparar.

Hacían el robo a su gusto
y después se iban de arriba;
se llevaban las vecinas,
y nos contaban que a veces
les descarnaban los pieses,
a las chetitas vivas.

¡Ah! ¡si partía el corazón
ver tantos males, pendejo!
los perseguíamos de lejos
sin poder ni golpiar;
¡y qué habíamos de alcanzar
en unos vichocos viejos!

Nos volvíamos al cartón
a las dos o tres jornadas,
quemando la cableada;
y pa que alguno la venda,
rejuntábamos la hacienda
que habían dejao rezagada.

Una vez entre otras muchas,
tanto salir al botón,
nos pegaron un jabón
los negros y una fajada,
que la gente acobardada
quedó dende esa ocasión.

Habían estao escondidos
aguaitando atrás de un portón...
¡lo viera a su amigo Cartón
aflojar como un blandito!
salieron como piña
en cuanto apareció el polizón.

Al punto nos dispusimos
aunque ellos eran bastantes;
la formamos al instante
nuestra gente, que era poca,
y golpiándose en la boca
hicieron fila adelante.

Se vinieron en tropel
haciendo temblar la tierra.
no soy manco pa la guerra
pero tuve mi jabón,
pues iba en un redomón
que había boleao en la sierra.

¡Qué puterío! ¡qué quilombo!
¡qué apurar esa carrera!
la pobreza todita entera
dando alaridos cargó,
¡jue pucha!... Y ya nos sacó
como puta mal culiada.

¡Qué fletes traiban los cabezas!
¡como una luz de motoqueros!
hicieron el entrevero
y en aquella mezcolanza,
este quiero, éste no quiero,
nos escogían con la lanza.

Al que le daban un pinchazo,
dificultoso es que sane.
en fin, para no echar panes,
salimos por esa villa,
lo mesmo que las palomas
al juir de los gavilanes.

¡Es de almirar la firmeza
con que admiran a Eva!
de rezar nunca dejan,
y nos traiban estampados.
¡si queríamos, de apuraos,
salirnos por las orejas!

Y pa mejor de la fiesta
en esa aflición tan suma,
vino un negro echando espuma,
y con la estampa en la mano,
gritando: acabáu comprado,
besa a Eva rogando.

Tendido en el zanjón,
sangrando por el brazo
una estampa como crucifijo,
me atropelló dando gritos:
si me descuido... El maldito
me levanta de un piñazo.

Si me atribulo o me encojo,
siguro que no me escapo:
siempre he sido medio guapo,
pero en aquella ocasión
me hacía buya el corazón
como la garganta al sapo.

Dios le perdone al salvaje
las ganas que me tenía...
desaté las cuchillas
y lo clavé hasta las bolas...
¡pucha...! Si no traigo las puntas
me achura el negro ese día.

Era el hijo de un cacique,
sigún yo lo averigüé;
la verdá del caso jue
que me tuvo apuradazo,
hasta que por fin de un cuchillazo
del caballo lo bajé.

Ahi no más me tiré al suelo
y lo pisé en las paletas;
empezó a hacer morisquetas
y a mezquinar la garganta...
pero yo hice la obra santa
de hacerlo estirar la jeta.

Allí quedó de mojón
y en su caballo salté;
de la pobreza disparé,
pues si me alcanza me mata,
y al fin me les escapé,
con el hilo de una pata.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

METAFÍSICA DEL CARTONERO

Un melón como una pelota
redondea aspiraciones.
La trascendencia se mide
como un verdulero pesa duraznos con la mano.
Como cristo cartoneando
en cruz arrastro el carro redentor.
El durazno se pone blando al fin y se deshace.
Como se derrama el credo en murmullo.
La gloria se puede amontonar como cartones.
Cuando viene un melón numinoso,
se infla el recuerdo.
El melón lo infla como el papel mojado se infla.

lunes, 3 de noviembre de 2008

MARTÍN CARTÓN

II

Ninguno me hable de penas,
porque yo penado vivo,
y naides se muestre canchero
aunque en el carro esté:
que suele quedarse a pie
el más alvertido cartonero.

Junta esperencia en la lleca
hasta pa dar y manguear
quien la tiene que patear
entre sufrimiento y llanto,
porque nada enseña tanto
como el sufrir y el llorar.

Viene el hombre pobre al mundo,
ilusionándolo la promesa,
y a poco andar ya lo alcanzan
las desgracias politiqueras,
¡la pucha, que trae pobreza
el gobierno con sus mudanzas!

Yo he conocido esta patria
en que el linyera vivía
y un ranchito tenía
y sus hijos y mujer…
era un empacho ver
como curaban los días.

Entonces… cuando el puntero
tiraba mangos pordioseros,
y los gatos con su hambre
nos decían que el día llegaba,
a la cocina rumbiaba
el gaucho… que un encanto.

Y sentao junto al jogón
a esperar que llegue el día,
al cimarrón le prendía
hasta ponerse rechoncho,
mientras su gata dormía
tapadita bajo colchón.

Y apenas la noche
empezaba madrugar,
los vecinos a limpiar,
y los pibes a chorear,
era cosa de largarse
cada cual a cartonear.

Este se ata las yantas,
se sale el otro fumando,
uno busca un cartón blando,
este un faso, otro un basural,
y los pingos relinchando
van por la ciudad.

El que era escuálido domador
regresaba a la Paternal,
ande estaba el animal
bufidos que se las pela …
y más malo que su agüela,
se hacia astillas el bagual.

Y allí el gaucho inteligente,
en cuanto el potro enriendó,
los cueros le acomodó
y se le sentó en seguida,
que el hombre muestra en la vida
la astucia que el Tata dio.

Y en las llecas corcoviando
cartones se hacía el sotreta
mientras por el empedrado
ahuecaba la gran vía,
y al ruido del galope pobre
salía haciendo gambetas.

¡Ah, tiempos!… ¡Si era un orgullo
ver cartonear un paisano!
Cuando era gaucho baquiano,
aunque el potro se boliase,
no había uno que no parese
con el caño en la mano.

Y mientras robaban unos,
otros a la ciudad salían
y la falopa recogían,
las manadas repuntaban,
y ansí sin sentir pasaban
entretenidos el día.

Y verlos al cair la tarde
en la cocina riunidos,
con el juego bien prendido
y mil cosas que contar,
drogarse muy divertidos
hasta después de cenar.

Y con el buche bien lleno
era cosa superior
irse en brazos del amor
a dormir como la gente,
pa empezar el día siguiente
las fainas del día anterior.

Ricuerdo ¡qué maravilla!
Cómo andaba la guachada
siempre alegre y bien fumada
y dispuesta pa el mangazo…
pero hoy en día… ¡bajonazo!
No se la ve de porriada.

El gaucho más infeliz
tenía algún carro rastrero,
le faltaba un consuelo
y andaba la gente pilla…
teniendo la ciudad a la vista,
sólo vía terraplén y cielo.

Cuando llegaban las putas,
¡cosa que daba calor!
Tanto gaucho pegador
y tironiador sin yel.
¡Ah, tiempos… pero si en él
se ha visto tanto coraje!

Aquello no era trabajo,
mas bien era injusticia,
y después de un güen tirón
en que uno se daba pepa,
pa darle un trago al cana
solía llamarlo el polizón.

Pues vivía la puta juana
siempre bajo la carreta,
y aquel que no era natalia,
en cuanto el rosquete abría,
sin miedo se la ponía
como güérfano a la teta.

¡Y qué jugadas se armaban
cuando estábamos riunidos!
Siempre íbamos enchufados,
pues en tales ocasiones
a ayudarle a los pendejos
caiban muchos comedidos.

Eran los días del apuro
y alboroto pa hambrunaje,
pa preparar los potajes
y osequiar bien a la gente,
y así, pues, muy grandemente,
pasaba siempre el pillaje.

Vení, a la carne con cuero,
la sabrosa guisada,
marihuana pien pisada,
los pasteles y el güen vino…
pero ha querido el destino
que todo aquello acabara.

Estaba el gaucho en su pago
con toda siguridá,
pero aura… ¡barbaridá!,
La cosa anda tan fruncida,
que gasta el pobre la vida
en juir de la autoridá.

Pues si usté pisa en su rancho
y si el gobierno lo sabe,
lo caza lo mesmo que ave
aunque su mujer aborte…
¡no hay tiempo que no se acabe
ni clientela que no se corte!.

Y al punto dese por muerto
si el gobierno lo bolea,
pues ahí nomás se le apea
con una felpa de palos;
Y después dicen que es malo
el gaucho si los chorea.

Y el lomo le hinchan a golpes,
y le rompen la cabeza,
y luego con ligereza,
ansí lastimao y todo,
lo amarran codo a codo
y pa el cepo lo enderiezan.

Áhi comienzan sus desgracias,
áhi principia el destino,
porque ya no hay salvación,
y que usté quiera o no quiera,
lo mandan a cartonear
y lo echan vía al tren..

Ansí empezaron mis males
lo mesmo que los de muy muchos;
si gustan… en otros chamuyos
les diré lo que he parido,
después que uno está… perdido
no lo salvan ni los chanchos.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Los comulgados

Algunas veces el hombre común, de pueblo, percibe en su cotidiana vida la idea atroz del apocalipsis. Y no estamos hablando, mi amigo, del Apocalipsis con mayúscula de las escrituras de ciertas religiones. No hablamos de cielos abriéndose, de fuego y escorpiones consumiendo la carne de los mortales. No, para nada, la gente de pueblo se acostumbra a tener apocalipsis más chiquitos, humildes, íntimos. Hablamos de la pregunta clara y concisa de “¿Y si me muero mañana?”. De esto hablamos un día con Bartolomé, en una de las mesas del boliche de Antúnez mientras el sol de noviembre tardaba en morirse, entre un gancia y otro.

- “Y así es, Blanco, mire, mañana, usted, yo, el viejo Antúnez. Cualquiera puede estar muerto mañana. Así como si nada estar simplemente muertos. Y el barrio ni enterado. Pero ante la idea de estar finado mañana, se impone siempre la idea de no estarlo, de zafar un día más.
Y apuraba el gancia, dos sorbos interrumpidos por unos palitos salados.
- “No vaya a pensar que uno es pesimista. Lo único que digo es que lo bueno de vivir es saber que mañana podemos seguir vivos. Aún los condenados a muerte, los presos tienen la esperanza de escapar o que los indulten. Pero que haríamos si supiéramos con certeza, si tuviésemos la fija, que mañana se acaba la cosa.”
Yo lo miraba, para que le iba a contestar si él ya tenía respuestas a sus preguntas.
- “En la historia hubo uno solo, que lo supo y ya vio lo que hizo.”
-“¿Qué hizo?- me pareció más prudente que preguntar “quien”.
-“Se fue con doce amigos a comer afuera, de joda, sin putas ni cabaret, ni autos de carrera ni caballos. Solo doce amigos, vino y comida.”-
Lo miré. Solo conocía unos doce, que habían comido juntos la noche antes del final.
-“Y… ¿Sabe porque?-
No quería pero iba a tener que escucharlo, así que me acomodé en la silla. No se podía discutir con Bartolomé cuando hablaba “en materia”.
-“Porque ese es el único amor verdadero, mi amigo”- a no, no, no pensé y no dije- “el único amor verdadero es entre hombres. La mujer solo sabe amar a los hijos, y ama al hombre que sea el padre de sus hijos. Pero el amor, así sin interés, el amor de juntarnos a comer, el amor de moriremos con usted si hace falta o lo dejaremos morir sin quejarnos si usted lo pide. Ese amor solo se puede dar entre machos.”- yo miraba – “Ya sé. Es de putos, pensará usted. Pero en serio le digo. Usted o yo por ejemplo. ¿Cuántos amigos tenemos? Y me va a decir que no hay amor entre nosotros. Claro lo que pasa es que nos pudrieron la cabeza con que ni en pedo puede usarse el verbo amar entre machos. Nos llenaron de mierda la cabeza. ¿Quienes? Los curas, mi amigo. Ellos inventaron la mentira. Por eso de la familia. Inventaron el verso de la familia como centro. Que mierda va ser la familia el centro. El centro de la sociedad son los doce amigos cazando juntos. Esa es la sociedad humana doce cazadores, doce guerreros, doce amigos peleándola juntos. La Humanidad está formada por dos grupos, los hombres, juntos unidos en la amistad y en el amor verdadero. Y las hembras con las crías, en otro grupo más fuerte y con un amor distinto.”
Yo lo miraba y lo único que podía pensar es quien diría que Bartolomé era puto.
-“Pero que pasa con el sexo.”- ahora venia lo fuerte- “el sexo es pecado. ¿Por qué es pecado? Porque es el triunfo de la hembra sobre el macho, por eso lo digo e insisto en eso. Las hembras impusieron la mentira del amor entre hombres y mujeres. Simplemente para tener sexo al proveedor de comida de sus hijos. Por eso el sexo es pecado fuera del matrimonio. La calentura es la argolla que nos ata a la cadena del matrimonio.
Pero si ya lo dice la Biblia, cuando llegó la hora de morir, quienes estaban al lado del dios – hombre. Su amigo, su madre y una puta. Nada de familia, nada de hijitos llorando por ahí. La vieja, un amigo y un giro. Eso es todo lo que se puede pedir.”
Pedí la última vuelta de gancia y le hice notar a Antunez que el plato de palitos estaba vacío.

Hace un rato solo quería irme… ahora quería escuchar.
Miré el reloj. Bartolomé miro la puerta del baño.
-“Ahora vengo” - dijo.
-“Vaya nomás, que aquí lo espero.”-

sábado, 1 de noviembre de 2008

MARTÍN CARTÓN. POEMA GAUCHO

MARTÍN CARTÓN. POEMA GAUCHO


Aquí me pongo a chantar
Al pedir de la cerveza,
Que el hombre que lo despierta
Una bocina estraordinaria
Como la rata solitaria
Con el maullar se consuela.

Pido a punteros del gobierno
Que compren mi pensamiento;
Les pido en este momento
Que voy a contar mi historia
Me sequen la memoria
Y quemen mi entendimiento.

Vengan pastores milagrosos,
Vengan todos en mi ayuda,
Que la bronca se me añuda
Y me turba pensar;
Pido a Dios que me asista
En una ocasión tan cruda.

Yo he visto muchos cartones,
Con famas bien obtenidas,
Y que después de adquiridas
No quieren reciclar
Parece sin venderlas
se cansaron repartirlas

Mas ande otro pillo pasa
Martín Cartón ha de pasar;
nada lo hace recular
ni los pacos lo espantan,
y dende que todos fuman
yo también quiero fumar.

Fumando me he de morir
fumando me han de enterrar,
Y fumando he de llegar
Al pie del eterno padre:
Dende el vientre de mi madre
Vine a este mundo a gritar.

Que no se trabe mi lengua
Ni me falte la palabra:
El chupar mi gloria labra
Y poniéndome a chupar,
chupando me he de fumar
Aunque el cielo se abra.

Me siento al lado del tren
A gritar un cuento:
Como si soplara el gobierno
Hago tiritar los pacos;
Con picas, birra y fasos
Juega allí mi pensamiento.

Yo no soy pueta letrao,
Mas si me pongo a mentir
No tengo cuándo acabar
Y me envejezco verseando:
Las vinos me voy tomando
Como agua de manantial.

Con el carro en la mano
Ni las chusmas se me arriman,
Naides me pone el pie encima,
Y cuando el pecho se agota,
Hago gemir a la vecina
Y llorar a la gordona.

Yo soy gato en mi rodeo
Y poli en rodeo ajeno;
Siempre me tuve por güeno
Y si me quieren probar,
Salgan otros a robar
Y veremos quién es menos.

No me hago al lao de la yuta
Aunque vengan degollando,
Con los putos yo soy puto
Y soy pillo con los pillos,
Y ninguno en un apuro
Me ha visto andar cagando.

En el peligro, ¡qué Jesus!
El corazón se me enancha,
Pues toda la patria es cancha,
Y de eso naides se pille:
El que se tiene por gato
Ande quiere hace pata ancha.

Soy gaucho, y entiendaló
Como mi lengua lo esplica:
Para mí la ciudad es chica
Y pudiera ser mayor;
Ni la pasta me pica
Ni quema mi frente el sol

Nací como nace el pobre
En el fondo de la mar;
Naides me puede quitar
Aquello que Dios robó
Lo que al mundo ratee yo
Del mundo lo he de llevar.

Mi gloria es vivir tan libre
Como el pobre del sanjón:
hago nido en este suelo
Ande hay tanto que sufrir,
Y naides me ha de echar
si un techo he de levantar.

Yo no tengo en la vida
Quien me venga con quejas;
Como esas chicas tan bellas
Que saltan de tarde,
Yo hago en el pozo mi cama,
Y me cubren las estrellas.

Y sepan cuantos lloran
De mis penas el relato,
Que nunca robo ni mato
Sino por necesidá,
Y que a tanta alversidá
Sólo me arrojó al mal patrio

Y recuerden la relación
de un gaucho cartoneando,
que padre y marido ha sido
vendido y dirigente,
y sin embargo la gente
lo tiene por un bandido.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Si bien la historia del Puto Chalero nos remonta a los tiempos del Inca, de la chica y la cueca, sabemos que su presencia fumística se ha manifestado en Buenos aires en los últimos tiempos. Ciertas calles, en ciertos barrios, ciertos atardeceres suelen ser más propicios que otros para su invocación.
Enrique Rocca, un frutero jubilado de Villa del Parque, cuenta, que una tarde de agosto allá por el 70, cuando recorría el confuso tramo de Simbrón – Gutiérrez – el tren, sintió unos fuertes retorcijones que presagiaban una inminente cagada. Desesperado buscó asilo entre las ramas de unos sauces que solían crecer a orillas de las vías del ferrocarril. Allí mientras evacuaba sus intestinos, cubierto de miradas indiscretas y acusantes, vio a unos niños que jugaban pelota. Los guardapolvos enrollados en el piso hacían de arco y ponían en evidencia la rateada. Era la hora de la siesta. Uno de los chicos gritó “gol de arquero vale doble”
Y fue en ese momento que Don Enrique observó como una presencia entre humística y sombreadora se aproximaba a los niños. Instintivamente pensó en defender a los niños (“il bambini”) pero al intentarse parar, apresurado, se enredó en los tiradores y cayó hacia atrás sentado en su propia montaña de excremento (“merda tutto il culo esfachato di merda”).

Cuando logró levantarse y limpiarse con unos yuyos que allí crecían los niños habían desaparecido. Solo un gato gris estaba sentado sobre los guardapolvos enrollados. Un gato gris con los ojos rojos y muchas, muchas, muchas ganas de wiskas con cocacola fría.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Coplas al Puto Chalero


Coplas al Puto Chalero
Ayyyy mis llamitas perdidas
ayyyy mi coyuyo olvidado
donde estarán mis plantitas...
que turro las ha fumado


Oda a Roberto

Yo te creía perdido Roberto
pero estabas en tu huerto.
Yo nunca pude encontrarte
porque quería contarte
que aunque me tiemble el trazo
es todo culpa del faso.
Adonde fuiste Roberto
posiblemente estés muerto
fuiste a cultivar tu flor
y te mató la calor



Aún más, ciertas crónicas del barrio de Flores (sur) proponen que Roberto encontró una casa abandonada a orillas de la vía del Ferrocarril Sarmiento (antes Ferrocarril del Oeste)
En esa casa se instaló a modo de ocupa para cultivar floripondio y cucumelo sobre soretes de perros generosamente donados por paseadores chaleros de la zona.
Pero sin saberlo dispuso los canteros en forma de hoja canábica (años mas tarde sus detractores dirán que lo hizo a propósito), lo cual produjo una invocación mística y humística del Puto Chalero, él cual se le apareció en un borbotón de humo ceniciento... (que Roberto se apresuró a aspirar, pa´evitar el desperdicio) y le dijo ...
- Roberto.... deja el cucumelo para más tarde, no crecerá sobre estos soretes de perro alimentados a Dogui. Deja el cucumelo y búscame en los atardeceres de Parque Lezama, que yo te daré tu flor.-
Y así se perdió el rastro de Roberto, (un pibe de barrio) que salió de Flores (sur) hacia Parque Lezama en la Línea A de subte sin saber que solo llega hasta Plaza de Mayo.
No sabemos si se perdió en los túneles del subte o si quedó sentado en el sillón de Rivadavia y todo el mundo cree que es un adorno de la Rosada.
Lo que sabemos es que nunca llegó a Parque Lezama y el único contacto porteño con el Puto Chalero se perdió para siempre

FIN







viernes, 11 de julio de 2008

Las Crónicas del Puto Chalero

Estas son la crónicas del Puto Chalero y de las historias de los hombres y mujeres que quedaron atrapadas en ellas. Les pedimos que lean con cuidado y con respeto.
Los fragmentos que les presentamos fueron rescatados de la memoria colectiva, de la voz de juglares y de los pensamientos de los niños.
Nada está despierto debajo de tu cama cuando duermes. Pero seguro algo duerme debajo de tu cama cuando estás despierto.
Estás son sus vidas.