sábado, 20 de septiembre de 2008

Si bien la historia del Puto Chalero nos remonta a los tiempos del Inca, de la chica y la cueca, sabemos que su presencia fumística se ha manifestado en Buenos aires en los últimos tiempos. Ciertas calles, en ciertos barrios, ciertos atardeceres suelen ser más propicios que otros para su invocación.
Enrique Rocca, un frutero jubilado de Villa del Parque, cuenta, que una tarde de agosto allá por el 70, cuando recorría el confuso tramo de Simbrón – Gutiérrez – el tren, sintió unos fuertes retorcijones que presagiaban una inminente cagada. Desesperado buscó asilo entre las ramas de unos sauces que solían crecer a orillas de las vías del ferrocarril. Allí mientras evacuaba sus intestinos, cubierto de miradas indiscretas y acusantes, vio a unos niños que jugaban pelota. Los guardapolvos enrollados en el piso hacían de arco y ponían en evidencia la rateada. Era la hora de la siesta. Uno de los chicos gritó “gol de arquero vale doble”
Y fue en ese momento que Don Enrique observó como una presencia entre humística y sombreadora se aproximaba a los niños. Instintivamente pensó en defender a los niños (“il bambini”) pero al intentarse parar, apresurado, se enredó en los tiradores y cayó hacia atrás sentado en su propia montaña de excremento (“merda tutto il culo esfachato di merda”).

Cuando logró levantarse y limpiarse con unos yuyos que allí crecían los niños habían desaparecido. Solo un gato gris estaba sentado sobre los guardapolvos enrollados. Un gato gris con los ojos rojos y muchas, muchas, muchas ganas de wiskas con cocacola fría.