III
Tuve un pago en un tiempo
y hijos, ranchito y mujer,
pero empecé a padecer,
me llevaron al terraplén,
¡y qué iba a hallar al volver!
Tan sólo hallé otra vendeta.
Sosegao vivía en mi rancho
como el pájaro en su nido,
allí mis hijos queridos
iban creciendo a mi lao…
sólo queda al desgraciao
lamentar el bien perdido.
Mi gala en el conurbano
era, en habiendo más gente,
ponerme medio caliente,
pues cuando puteado me encuentro
me salen cumbias de adentro
como agua de la virtiente.
Regueteando estaba una vez
en una gran fiestón,
y aprovecho la ocasión
como quiso el puntero barrial…
se presentó, y ahi nomás
hizo rastrillaje en montón.
Juyeron los más culiados
y lograron escapar:
yo no quise disparar,
soy macho y no había porqué,
muy tranquilo me quedé
y ansí me dejé pillar
allí un rati con un bastón
y una mona que bailaba,
haciéndonos rair estaba,
cuanto le tocó fajaba,
¡tan grande el rati y tan feo,
lo viera cómo nos cagaba!
Hasta un turista explorador
que decía de la última guerra
que él era de la oenegé
y que no quería servir,
también tuvo que juir
a guarecerse en la villa.
Ni los mirones salvaron
de esa arriada de mi flor,
fui empujado al cartón
por el rati y su mona,
a ninguno, lástima, dejó
libre el polizón.
Formaron un contingente
con los que del baile arriaron,
con otros nos mezclaron,
que habían agarrao también,
las cosas que aquí se ven
ni peronistas las pensaron.
A mí el puntero tomó entre ojos
en la última votación:
me le había hecho el remolón
y no me arrimé ese día,
y él dijo que yo servía
a los de la comunicación.
Y ansí sufrí ese castigo
tal vez por culpas ajenas,
que sean malas o sean güenas
las listas, siempre me escondo:
yo soy gaucho cartonero
y esas cosas no me enllenan.
Al mandarnos nos hicieron
más promesas que a un altar,
el puntero nos jue a proclamar
y nos dijo muchas veces:
muchachos, a los seis meses
los van a ir a relevar.
Yo llevé un moro de número
¡sobresaliente el pijudo!
Con él patee la paternal
y más plata que agua bendita:
siempre el gaucho necesita
un pingo pa fiarle un chucho.
Y cargué sin dar mas güeltas
con las chatas que tenía:
chapa, colchón, todo cuanto había
en casa, tuito lo alcé:
a mi china la dejé
medio pelada ese día.
No me falta una guasca,
esa ocasión eché el resto,
olla, cuchillo, televisor,
gorra, calzón y fasito…
¡el que hoy tan pobre me vea
tal vez no creerá todo esto!.
Ansí en el tren, escarciando,
enderecé al tren y la frontera.
¡Paticero si usté viera
lo que se llama cartón!…
Ni envidia tengo al ratón
en aquella ratonera.
De los pobres que allí había
a ninguno lo largaron,
los más viejos rezongaron,
pero a uno que se quejó
en seguida lo estaquiaron,
y la cosa se acabó.
En la lista de la tarde
el jefe nos cantó el punto
diciendo: quinientos juntos
llevará el que se resierte;
lo haremos pitar del juerte,
mas bien dese por dijunto.
A naides le dieron carrito,
pues toditos los que había
el puntero los tenía,
sigún dijo esa ocasión,
pa repartirlas el día
en que hubiera la invasión.
Al principio nos dejaron
de haraganes revolviendo sebo,
pero después… no me atrevo
a decir lo que pasaba…
¡barajo!… Si nos trataban
como se trata a los esclavos.
Porque todo era jugarle
por los lomos con la espada,
y aunque usté no hiciera nada,
lo mesmito que en palermo,
le daban cada cepiada
que lo dejaban enfermo.
¡Y qué indios, ni qué servicio;
si allí no había ni casillas!
Nos mandaba el puntero
a ensuciar en las llecas,
y dejábamos las basuras
que las llevara el recolector.
Yo primero recogí cartón
y después reciclé botellas,
quemé cables pa el cobre,
hice casillita, robé electricidá...
¡la pucha que se trabaja
sin que le larguen una guita!
Y es lo pior de aquel enriedo
que si uno anda hinchando el lomo
se le apean como un plomo...
¡quién aguanta aquel infierno!
si eso es servir al gobierno,
a mí no me gusta el cómo.
Más de un año nos tuvieron
en esos trabajos duros;
y los pobres pobres, le asiguro
venían cuando querían:
como no los perseguían,
siempre andaban sin apuro.
A veces decía al volver
de la ciudad la descubierta
que estuviéramos alerta,
que andaba adentro la yuta,
porque había una rastrillada
o estaba una yegua muerta.
Recién entonces salía
la orden de cartonear más y más,
y caíbamos a Belgrano
en pelos y hasta enancaos,
sin zapas, cuatro pelaos
que íbamos a hacer jabón.
Ahi empezaba el afano
-se entiende, de puro vicio-
de enseñarle el ejercicio
a tanto gaucho recluta,
con un estrutor... ¡qué... burra!
que nunca sabía su oficio.
Daban entonces los carros
pa recolectar más cartones,
que eran cajas con gomones
con ataduras de tiento...
los de largo viaje no los cuento
porque había municiones.
Y un sargento chamuscao
me contó que las tenían
pero que ellos la vendían
para cazar pendejos;
y así andaban noche y día
dele bala a los borregos.
Y cuando se iban verdaderos pobres
con lo que habían manotiao,
salíamos muy apuraos
a perseguirlos de atrás;
si no se llevaban más
es porque no habían hallao.
Allí sí, se ven desgracias
y lágrimas y afliciones;
naides le pida perdones
al pobre: pues donde dentra,
roba y mata cuanto encuentra
y quema a ricachones.
No salvan de su juror
ni los pequeños angelitos;
viejos, mozos y chiquitos
los matan del mesmo modo:
que el chorro lo arregla todo
con la bala y con gritos.
Tiemblan las carnes al verlo
volando al viento la cerda,
la rienda en la mano izquierda
y la lanza en la derecha;
ande enderieza abre brecha
pues no hay lanzazo que pierda.
Hace casillas tremendas
desde abandonado destierro;
ansí llega medio muerto
de hambre, de sé y de fatiga;
pero el negro es una hormiga
que día y noche está despierto.
Sabe revisar la mierda
como naides le asemeja;
cuanto el vecino arroja,
revuela basura perdida,
y si no alcanza, sin vida
es siguro que se queda.
Y el pobre es como cuca
de duro para pisar;
si lo llega a destripar
ni siquiera se le encoge;
luego sus tripas recoge,
y se agacha a disparar.
Hacían el robo a su gusto
y después se iban de arriba;
se llevaban las vecinas,
y nos contaban que a veces
les descarnaban los pieses,
a las chetitas vivas.
¡Ah! ¡si partía el corazón
ver tantos males, pendejo!
los perseguíamos de lejos
sin poder ni golpiar;
¡y qué habíamos de alcanzar
en unos vichocos viejos!
Nos volvíamos al cartón
a las dos o tres jornadas,
quemando la cableada;
y pa que alguno la venda,
rejuntábamos la hacienda
que habían dejao rezagada.
Una vez entre otras muchas,
tanto salir al botón,
nos pegaron un jabón
los negros y una fajada,
que la gente acobardada
quedó dende esa ocasión.
Habían estao escondidos
aguaitando atrás de un portón...
¡lo viera a su amigo Cartón
aflojar como un blandito!
salieron como piña
en cuanto apareció el polizón.
Al punto nos dispusimos
aunque ellos eran bastantes;
la formamos al instante
nuestra gente, que era poca,
y golpiándose en la boca
hicieron fila adelante.
Se vinieron en tropel
haciendo temblar la tierra.
no soy manco pa la guerra
pero tuve mi jabón,
pues iba en un redomón
que había boleao en la sierra.
¡Qué puterío! ¡qué quilombo!
¡qué apurar esa carrera!
la pobreza todita entera
dando alaridos cargó,
¡jue pucha!... Y ya nos sacó
como puta mal culiada.
¡Qué fletes traiban los cabezas!
¡como una luz de motoqueros!
hicieron el entrevero
y en aquella mezcolanza,
este quiero, éste no quiero,
nos escogían con la lanza.
Al que le daban un pinchazo,
dificultoso es que sane.
en fin, para no echar panes,
salimos por esa villa,
lo mesmo que las palomas
al juir de los gavilanes.
¡Es de almirar la firmeza
con que admiran a Eva!
de rezar nunca dejan,
y nos traiban estampados.
¡si queríamos, de apuraos,
salirnos por las orejas!
Y pa mejor de la fiesta
en esa aflición tan suma,
vino un negro echando espuma,
y con la estampa en la mano,
gritando: acabáu comprado,
besa a Eva rogando.
Tendido en el zanjón,
sangrando por el brazo
una estampa como crucifijo,
me atropelló dando gritos:
si me descuido... El maldito
me levanta de un piñazo.
Si me atribulo o me encojo,
siguro que no me escapo:
siempre he sido medio guapo,
pero en aquella ocasión
me hacía buya el corazón
como la garganta al sapo.
Dios le perdone al salvaje
las ganas que me tenía...
desaté las cuchillas
y lo clavé hasta las bolas...
¡pucha...! Si no traigo las puntas
me achura el negro ese día.
Era el hijo de un cacique,
sigún yo lo averigüé;
la verdá del caso jue
que me tuvo apuradazo,
hasta que por fin de un cuchillazo
del caballo lo bajé.
Ahi no más me tiré al suelo
y lo pisé en las paletas;
empezó a hacer morisquetas
y a mezquinar la garganta...
pero yo hice la obra santa
de hacerlo estirar la jeta.
Allí quedó de mojón
y en su caballo salté;
de la pobreza disparé,
pues si me alcanza me mata,
y al fin me les escapé,
con el hilo de una pata.
lunes, 1 de diciembre de 2008
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